domingo, 12 de junio de 2011

San Antonio de Padua


Nació en Lisboa el 15 de agosto de 1195, bautizado con el nombre de Fernando de Bulhõe y Taveira de Azevedo, nombre que cambió por el de Antonio al profesar en los Frailes Menores. Procede de una familia de clase alta descendiente del cruzado Godofredo de Bouillon. Sus padres, miembros de la nobleza de Portugal, encargaron a los clérigos de la Catedral de Lisboa impartirle los primeros conocimientos, pero a los quince años, lo confiaron al cuidado de los canónigos regulares de San Agustín. Dos años después, fue trasladado al priorato de Coimbra, entonces capital de Portugal, para evitar las distracciones de las constantes visitas de sus amistades.

En la juventud fue atacado duramente por las pasiones sensuales. Pero las dominó con la ayuda de Dios. El se fortalecía con sus visitas al Stmo. Sacramento. Además aún niño se había consagrado a la Virgen y a Ella encomendaba su pureza. En Coimbra, se dedicó por entero a la plegaria y al estudio; y con su extraordinaria memoria, llegó a adquirir, en poco tiempo, los más amplios conocimientos sobre la Biblia. En el año 1220, el rey Don Pedro de Portugal regresó de una expedición a Marruecos y trajo consigo las reliquias de los santos frailes franciscanos que habían sido martirizados. Fernando se sintió profundamente conmovido a la vista de aquellas reliquias y nació en lo íntimo de su corazón el anhelo de dar la vida por Cristo.

FUE FRAILE FRANCISCANO: En el convento de la Santa Cruz donde estaba Fernando encargado de la hospitalidad, y conoció a cinco sacerdotes franciscanos que iban a Marruecos a predicar a los musulmanes: se llamaban Bernardo, Pietro y Ottone y dos hermanos laicos: Adiuto y Accursio. Se sintió atraído por el estilo de vida evangélico de los frailes franciscanos, les abrió su corazón, y pidió se aceptado en su Orden y fue admitido. En febrero de 1220 llegó la noticia de que los frailes habían sido martirizados en Marruecos. Esto le hizo pensar en el heroísmo de esos franciscanos y por segunda vez, se sintió impulsado a abrazar su estilo de vida. Ansiaba la libertad de una respuesta carismática y plena de júbilo a la llamada del Señor y deseaba abandonarlo todo para seguir a Cristo. Conseguido el permiso de sus superiores para pasarse a los franciscanos, en 1220 recibió el hábito franciscano y comenzó a estudiar la enseñanzas de San Francisco de Asís. Adoptó el nombre de Antonio en honor de San Antonio el Magno a quien estaba dedicada la ermita franciscana en la que residía. Embarcó en dirección de Marruecos para predicar el Evangelio a los moros. En Marrakech fue atacado por una hidropesía, que lo dejó postrado y tuvo que volver a Europa. La nave en que se embarcó se desvió y fue a parar en Messina, capital de Sicilia.

Con grandes penalidades, viajó a Asís donde se iba a celebrar un capítulo general. En la fiesta de Pentecostés de 1221 miles de frailes se congregaron en Asís, episodio que ha pasado a la historia como el Capítulo de las Esteras, ya que muchos de los frailes tuvieron que dormir en esteras. Este Capítulo General tuvo por tema un versículo del Salmo 143: “Bendito sea el Señor mi Dios que adiestra mis manos para la batalla”. Contó con la presencia del cardenal Raniero Capocci en ausencia del protector de la Orden, cardenal Ugolino dei Conti di Segni, futuro Gregorio IX, Papa que canonizaría a San Francisco. Por parte de la Orden fue presidida la gran asamblea por el hermano Elías en presencia de San Francisco, sentado humildemente a sus pies. Aquella reunión impresionó hondamente al joven fraile portugués. Terminado el capítulo, el provincial de Bolonia, Fray Graziano lo envió a una pequeña ermita en las montañas de Montepaolo cerca de Forli, para servir allí como sacerdote. Este fue uno de los períodos más felices de la vida de Antonio que, por fin, había conseguido vivir en la sencillez absoluta Poseía extraordinarias dotes intelectuales y espirituales el joven y enfermizo fraile que nunca hablaba de sí mismo. Cuando no estaba orando en la capilla o en la cueva donde vivía, servía a los frailes, ocupado en la limpieza de los platos y cacharros, después del almuerzo conventual.

Se celebraba una ordenación en Forli y los ordenandos franciscanos y dominicos se reunieron en el convento de los Frailes Menores. Ninguno de los dominicos estaba preparado para predicar en la ceremonia, ni los franciscanos se sintieron capaces de hacerlo, y le ordenaron a Antonio que dijese lo que el Espíritu Santo le inspirara. Obedeció y, desde que abrió la boca hasta que terminó su improvisado discurso, todos le escucharon embargados por la emoción, por el asombro de su elocuencia, fervor y sabiduría de que hizo gala el orador. Cuando el ministro provincial tuvo noticias de los talentos del joven fraile portugués, lo envió a predicar por la Romagna, región que, abarcaba toda la Lombardía. Antonio pasó de la oscuridad a la luz de la fama y obtuvo resonantes éxitos en la conversión de los herejes, del norte de Italia, y que, en muchos casos, eran hombres de cierta posición y educación, a los que se podía llegar con argumentos razonables y ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras.

PREDICA A LOS PECES: Dice la leyenda que los herejes de Rímini impidieron al pueblo acudir a sus sermones. Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: "Oid la palabra de Dios, pececillos del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar". A su llamada acudieron miles y miles de peces que sacudían la cabeza en señal de aprobación. Aquel milagro se conoció y conmovió a la ciudad. A pesar de estar muy enfermo de hidropesía, Antonio predicaba los 40 días de cuaresma. La gente empujaba para tocarlo y le arrancaban pedazos del hábito. Además de la misión de predicador, se le dio el cargo de Lector en Teología entre sus hermanos. Era la primera vez que un miembro de la Orden Franciscana cumplía con aquella función. Estando Antonio en Francia, San Francisco le escribió una carta, en la que el Poverello le decía: "Al muy amado hermano Antonio, “mi obispo”, el hermano Francisco le saluda en Jesucristo. Me complace en extremo que seas tú el que lea la sagrada Teología a los frailes, siempre que esos estudios no afecten al santo espíritu de plegaria y devoción que está de acuerdo con nuestra regla". Las fuentes históricas concretan que San Antonio fue el primer “Lector” o maestro de teología de la Orden y que comenzó su docencia en Bolonia, capital de Romaña, a finales de 1223, donde ejerció su magisterio de las ciencias sagradas durante un año, y Antonio se dedicó a la enseñanza de la teología, no por propia iniciativa, sino accediendo a las súplicas de los frailes, por la necesidad de una mejor formación de los predicadores.

Cada vez se veía con mayor claridad que la verdadera misión del hermano Antonio estaba en el púlpito. Pues poseía todas las cualidades del predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, un ardiente celo por el bien de las almas y una voz sonora y bien timbrada que llegaba muy lejos. Además, se afirmaba que estaba dotado con el poder de obrar milagros y, a pesar de que era de corta estatura y con inclinación a la corpulencia, poseía una personalidad extraordinariamente atractiva, casi magnética. A veces, bastaba su presencia para que los pecadores cayesen de rodillas a sus pies; parecía que de su persona irradiaba la santidad. A donde iba, las gentes le seguían en tropel para escucharle, y era frecuente que los criminales empedernidos, los indiferentes y los herejes, pidieran confesión. Las gentes cerraban sus tiendas, oficinas y talleres para asistir a sus sermones; muchas veces sucedió que algunas mujeres salieron antes del alba o permanecieron toda la noche en la iglesia, para conseguir un lugar cerca del púlpito. Con frecuencia, las iglesias eran insuficientes para contener a los enormes auditorios y, para que nadie dejara de oírle, a menudo predicaba en las plazas públicas y en los mercados. Poco después de la muerte de San Francisco, el hermano Antonio fue llamado, con la intención de nombrarle ministro provincial de la Emilia o la Romagna.

Antonio obtuvo del Papa la autorización para dejar su puesto de Lector y dedicarse exclusivamente a la predicación. El Pontífice le consideraba mucho hasta llamarle "el Arca de los Testamentos", por los extraordinarios conocimientos que tenía de las Sagradas Escrituras. Desde entonces, el lugar de residencia de San Antonio fue Padua, donde ya había trabajado, donde todos le amaban y veneraban y donde tuvo el privilegio de ver los abundantísimos frutos de su ministerio. Porque no solamente escuchaban sus sermones multitudes enormes, sino que se consiguió una muy amplia y general reforma de conducta. Las disputas familiares se arreglaron, los presos quedaron en libertad y muchos que habían conseguido ganancias ilícitas las restituyeron, a veces en público, dejando títulos y dineros a los pies de San Antonio, para que los devolviera a sus legítimos dueños. Para beneficio de los pobres, denunció y combatió el vicio de la usura, la lujuria, la avaricia y la tiranía. Con el celo de un apóstol emprendió la tarea de reformar la moralidad de su tiempo. Como renombrado orador atrajo a las multitudes en todas partes hablando en múltiples lenguas y, según la leyenda citada, hasta los peces del Brenta le escuchaban atentos. Su obra escrita son los Sermones en latín.

Después de predicar una serie de sermones durante la primavera de 1231, la salud de San Antonio comenzó a chirriar y se retiró a descansar con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero. Viendo que sus días estaban contados, pidió que le llevasen a Padua, pero no pudo llegar. Se acostó en la habitación del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella y recibió los últimos sacramentos. Entonó un canto a la Virgen y sonriendo dijo: "Veo venir a Nuestro Señor" y murió. Era el 13 de junio de 1231. La gente recorría las calles diciendo: "¡Ha muerto un santo! ¡Ha muerto un santo! Tenía treinta y cinco años. Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones de la honda veneración que se le tenía. Los paduanos han considerado siempre sus reliquias como el tesoro más preciado.

e le llama el "Milagroso San Antonio" por su interminable lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde su muerte. Uno de los milagros más famosos de su vida es el legendario de la mula. Un campesino escéptico, no aceptaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía y retó a San Antonio a que probase con un milagro que Jesús está en la Santa Hostia. El hombre dejó a su mula tres días sin comer, y cuando trajo la mula a la puerta del templo le presentó un montón de pasto fresco y, según la leyenda, la mula se arrodilló ante el Santísimo Sacramento. Se le representa con el Niño Jesús en los brazos debido a que estando Antonio en casa de un amigo, éste se asomó por la ventana y vio al santo que contemplaba, arrobado, a un niño hermosísimo y resplandeciente que tenía en sus brazos. También se le representa con un libro, símbolo de su conocimiento de las Sagradas Escrituras y con un lirio en la mano.

LO LLAMABAN: "PATRON DE LOS POBRES"

San Antonio es el patrón de los pobres y las limosnas que se dan para obtener su intercesión, se llama "pan de San Antonio". En la parroquia de Calles, Valencia, que administré, era costumbre dejar parte de la masa en el horno para depositarlo en tal cepillo. Esta tradición comenzó en 1890. Se le invoca para encontrar los objetos perdidos, posiblemente porque un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba San Antonio; el santo oró para recuperar su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio impulsado a regresar al convento y devolver el libro.

SU RAPIDA CANONIZACION: San Antonio posee el récord de la canonización más rápida de la historia. Fue declarado santo por el Papa Gregorio IX, 352 días después de su muerte, el 30 de mayo de 1232, fiesta de Pentecostés. El Pontífice entonó la antífona "O doctor optime", que no pertenecía, anticipándose siete siglos a su proclamación como Doctor de la Iglesia que hizo el Papa Pío XII. el 16 de enero de 1946 al que se le designaba como el “Doctor Evangélico”. Por los numerosos milagros que se le atribuyen es aclamado en todo el mundo. Los habitantes de Padua le construyeron una magnífica Basílica donde se depositaron sus restos en 1263. Cuando fue abierto su sepulcro después de treinta años, se encontró que sus carnes estaban reducidas a polvo pero su lengua, la lengua del predicador, se mantenía intacta con un vívido color rojo. San Buenaventura tomó con afecto la lengua en sus manos y la besó exclamando: “¡Oh bendita lengua que siempre alabaste al Señor e hiciste que otros lo alabaran, haces evidente ahora tus méritos ante el Señor!”.

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